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ESTUDIAR, ¿SIN SABER ESTUDIAR? (3)

Para aprender el aprendiz moviliza diversos procesos cognitivos -procesos atencionales, de codificación, de almacenamiento y retención, de recuperación de la información y de respuesta (Atkinson y Shiffrin, 1968)- activados desde una serie de estructuras cognitivas -los registros o receptores sensoriales, la memoria a corto plazo, la memoria a largo plazo y los efectos expresivos o generadores de respuesta-, que son dirigidos por el procesador central, el cerebro humano, por medio de las estrategias de aprendizaje.

Las estrategias de aprendizaje son los mecanismos de control de que dispone el estudiante para dirigir sus modos de procesar la información y facilitan la adquisición, el almacenamiento y la recuperación de la información (Pozo y Postigo, 1993). Son contenidos procedimentales que pertenecen al ámbito del “saber hacer”, son capacidades, aptitudes o competencias mentales que utilizamos para aprender, que se desarrollan con el ejercicio y que se aprenden y se pueden enseñar.

Las podemos entender como el conjunto organizado, consciente e intencional de lo que hace el aprendiz para lograr con eficacia un aprendizaje autónomo, es decir, “aquella facultad que le permite al alumno tomar decisiones que le conduzcan a regular su propio aprendizaje en función a una determinada meta y a un contexto de condiciones específicas de aprendizaje” (Monereo y Castelló, 1997).

Existen cuatro grandes procesos del aprendizaje humano (Beltrán, 1993) y constituyen la instancia mediacional entre el input instruccional informativo del profesor o del manual y la ejecución del alumno. Los procesos representan sucesos internos que tienen que pasar por la cabeza del que aprende mientras aprende. Implican, por ello, una elaboración de la información entrante, realizada por las diferentes estrategias de aprendizaje utilizadas por el estudiante. Pues bien, se trata de una verdadera cadena procesual cognitiva en la que los diversos momentos procesuales están íntimamente relacionados entre sí y sólo se pueden separar a efectos de elaboración mental y de aplicación instruccional. Los cuatro grandes procesos del aprendizaje son los siguientes:

1.   Metacognición, a través de las siguientes estrategias metacognitivas: planificación, evaluación y regulación;

2.   Sensibilización, a través de las siguientes estrategias de apoyo: motivación, afectividad, control emocional y actitudes;

3.   Elaboración, a través de las siguientes estrategias cognitivas: selección, organización y elaboración;

4.   Personalización, a través de las siguientes estrategias cognitivas: Pensamiento creativo, crítico, recuperación y transferencia.

De los cuatro procesos de aprendizaje mencionados podemos establecer que las fases de un estudio bien hecho son las siguientes:

  • Antes del estudio
    +  Planificación
    +  Motivación
    +  Concentración
  • Durante el estudio
    +  Lectura explorativa o prelectura
    +  Lectura comprensiva
    +  Subrayado
    +  Elaboración de un organizador
    +  Memoria y mnemotecnia
  • Después del estudio
    +  Repasos
    +  Autoevaluación

La metacognición representa, teóricamente, el primero de todos los procesos de aprendizaje. Como no se trata de aprender los conocimientos de forma reproductiva, pasiva o mecánica, lo primero que tiene que hacer el estudiante para aprender significativamente es conocer el estado de la meta, lo que quiere conseguir, y consiguientemente los pasos que ha de dar para acercarse a la meta desde el estado de partida, es decir, planificar.  Este es el primero de los tres cometidos de la metacognición.

Pero toda planificación fracasa si el alumno no está suficientemente motivado para iniciar la tarea de estudiar y para persistir en ella a pesar de las dificultades que se le puedan presentar en el camino. Es el proceso de sensibilización el que sostiene y apoya las expectativas del estudiante al programar sus tareas escolares. Aquí es donde entran en escena los  sentimientos y las actitudes. Son muchos los profesionales de la educación que reconocen que uno de los grandes problemas del aprendizaje escolar, reside en este eslabón de la cadena del aprendizaje. Confiesan que muchos alumnos fracasan en sus estudios no porque carezcan de capacidad, sino porque no quieren aprender.

El siguiente proceso de elaboración representa el poder aprender y el saber aprender: capacidades y estrategias de aprendizaje. Lo que interesa ahora es conocer el alcance de las diferentes capacidades para el aprendizaje que están centradas en las habilidades de la inteligencia para la adquisición de conocimientos, lo que conocemos como estrategias de selección, organización y elaboración. Las tres son igualmente importantes, pero evidentemente la selección tiene una mayor trascendencia, ya que una mala selección de la información invalida cualquier esfuerzo de organización o de elaboración posterior.

Finalmente, el proceso de personalización, a través del pensamiento creativo, crítico y el transferir o evaluar. En dicho proceso, el alumno va más allá de lo dado, más allá de la información recibida, relacionando los conocimientos unos con otros, modificándolos, criticándolos, aplicándolos y transfiriéndolos a otros contextos.  Para Marzano (1992), el proceso de personalización del aprendizaje está formado por tres grandes bloques relacionados con el pensamiento crítico, la creatividad, el control.

Según Ennis (1987), “hablar de pensamiento crítico es hablar de pensamiento reflexivo, ya que es el que decide qué hacer o creer. El pensador crítico es un sujeto abierto a posiciones contrapuestas, que acepta la falibilidad, universaliza y es imparcial, es humilde, objetivo, serio, honesto, autónomo y consistente (coherente entre principios y acciones). Es decir, el pensamiento crítico más que una opción educativa es un ideal educativo.”

Por otro lado, el pensamiento creativo no se centra tanto en el análisis de la información como en la producción de nuevas maneras de verla. La creatividad se puede entender como capacidad, es decir, como potencia mental, para generar ideas originales y adecuadas. Asimismo, es un poderoso factor de motivación que logra que los estudiantes se interesen por lo que están haciendo. El alumno creador se caracteriza por la persistencia de sus motivaciones y por la intensidad de los motivos que lo llevan a superar los obstáculos que se le oponen.

Augusto Pérez-Rosas Cáceres
Diplomado en Neuroeducación, Diplomado en Liderazgo y Diplomado en Dirección Estratégica del Factor Humano. Educador de carrera con mención en Lengua y Literatura, experto en las Estrategias y Tácticas de Aprendizaje. Desde hace 30 años ejerce la docencia en colegios, institutos, universidades y escuelas de postgrado. Es Formador de Formadores, investigador y autor de más de doscientos registros bibliográficos, entre libros, artículos de revistas, ponencias a congresos, papers, guías y material didáctico. Posee el cargo de Director-Fundador del Instituto Desarrollo Intelectual (IDI).

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