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ESTUDIAR…, ¿SIN SABER ESTUDIAR?  (1)

Empiezo el primer artículo, de una serie, a raíz del próximo inicio de los estudios escolares, técnicos y universitarios, con una perogrullada: lo propio del estudiante es estudiar. Y la condición o papel de estudiante supone, esencialmente estudiar. Sería una contradicción llamarse estudiante y no estudiar (como lo sería llamarse profesor y no enseñar). Por ello, no tiene sentido supeditar el tiempo diario al tiempo de diversión; no hay que estudiar en el tiempo que queda después de divertirse, sino que hay que divertirse en el tiempo que queda después de estudiar.

Ser estudiante exige querer estudiar, poder estudiar y saber estudiar. Son tres capacidades o competencias que el aprendiz o estudiante tiene que desarrollar con mucho esfuerzo autorregulado y personal a lo largo de la vida. Un ejemplo: para ser un futuro buen profesional es muy importante que seas ahora un buen estudiante escolar, técnico y universitario. No podemos esperar a que surjan por sí mismas dichas capacidades, ni pretender que otras personas lo hagan por ti. Nadie te puede sustituir en ello, aunque sí te pueden motivar, emocionar, orientar y enseñar a aprender, a través de un conjunto de estrategias y técnicas de aprendizaje.

Pero, en la práctica educativa que he podido constatar a través de los 30 años de existencia del Instituto Desarrollo Intelectual (IDI) y como profesor de los diferentes talleres de estrategias y técnicas de aprendizaje, es que nuestras instituciones educativas a nivel nacional, en todos los niveles educativos, no proponen como una meta educativa, esencial y prioritaria, la formación de alumnos y alumnas estratégicos, competentes en el aprendizaje significativo y que logren aprender a aprender para la vida.

Probablemente, un objetivo mucho más determinante de la educación escolar, técnica y universitaria sea equipar a los estudiantes con habilidades autorregulatorias óptimas, a través de la exploración de cinco dominios: biológico, cognitivo, emocional, social y prosocial (Shanker, 2013) y que les permitan responder con eficiencia y eficacia a los desafíos que enfrentan dentro y fuera de la escuela y seguir educándose después de abandonar las aulas.

Según Elkhonon Goldberg, en su libro titulado: “La paradoja de la sabiduría. Cómo la mente puede mejorar con la edad”, sostiene que “nuestra vida mental está en flujo continuo, y la palabra clave es “aprendizaje”, proceso por el que se alcanza el dominio del mundo exterior (y del interior) en toda su riqueza de manifestaciones”.

A pesar de este conocimiento científico, en la práctica parece aceptarse mayoritariamente que las habilidades y competencias necesarias para estudiar se desarrollan “espontáneamente” a medida que el aprendiz progresa académicamente, cursando las diversas asignaturas de su malla curricular. Un ejemplo es el estudiante que estudia de forma memorística, a través de un aprendizaje mecánico y repetitivo, en forma pasiva, sin mayor reflexión, sin integrar la información en algún organizador visual (esquema, diagrama o mapa cognitivo).

Este olvido sistemático de la enseñanza de las estrategias y técnicas de aprendizaje en los estudiantes continúa teniendo suficiente fuerza en todos los niveles del sistema educativo, adquiriendo una especial importancia en la educación técnica, universitaria y de postgrado.

Ciertamente, y lo he comprobado siendo profesor, en diferentes instituciones educativas (colegios, institutos, universidades y escuelas de postgrado), que es en estos ámbitos donde se encuentra una mayoría de defensores de la opción de que no es necesaria una enseñanza de las estrategias de aprendizaje, pues, se supone que, cuando se accede a estos estudios, el estudiante conoce y domina las herramientas de aprendizaje para el estudio de las diferentes materias. No entienden de que para estudiar hay que saber cómo se aprende. Y para saber como se aprende hay que saber cómo funciona el cerebro, según lo demuestra la neurociencia educacional o neuroeducación.

El estudiante que sabe estudiar usa mejor su inteligencia y sus facultades mentales o habilidades cognitivas (explorar, analizar, sintetizar, inferir, jerarquizar, discriminar, interpretar, retener, evaluar) obteniendo mayor provecho de ellas y, además, estudia con más interés. La mayor motivación se debe a que estudiar bien da sentido al trabajo de estudiar. En cambio, estudiar mal desmotiva, hace desconfiar de las propias capacidades, hace que parezca inútil el esfuerzo y el tiempo invertido. Según el pedagogo español Gerardo Castillo, profesor de la Universidad de Navarra y gran experto en las estrategias de aprendizaje: “Estudiar bien da sentido al trabajo de estudiar, mientras que estudiar mal convierte este trabajo en una actividad sin significado alguno para el que la realiza”.

Lo cierto es que hay muchos alumnos bien dotados que alcanzan aprendizajes deficientes. No es que no quieran estudiar o no puedan, simplemente no saben, y por ello, aprenden menos y aprenden peor. No cuentan con las herramientas de aprendizaje y no tienen el dominio de las estrategias y técnicas de aprendizaje. Y los más crítico es que los alumnos, durante la vida escolar y universitaria, no reciben un entrenamiento y una formación seria y responsable en la didáctica del estudio por parte de los profesores.

La actividad de estudiar requiere de un conjunto de estrategias que hay que aprender. Todos los estudiantes tienen que aprender a aprender y saber estudiar con eficacia. Es bueno que el alumno aprenda de su propia experiencia, pero no es suficiente. Se requiere, la formación en estrategias de aprendizaje como parte integrante del currículum general, dentro del horario de clases, en el seno de cada asignatura en el aula y con profesores expertos en las estrategias y técnicas de aprendizaje.

Esta justa demanda, lamentablemente no es atendida ni entendida, ya que la mejora permanente del aprendizaje requiere que los alumnos sean estratégicos, es decir que sean capaces de aprender siguiendo un plan o una estrategia que abarque un conjunto de técnicas de aprendizaje ante las diferentes situaciones y contextos en que se presente.

La actividad de estudiar requiere de una metodología que hay que aprender. En la presente sociedad del conocimiento, todos los alumnos tienen que aprender a aprender, según las funciones cerebrales que nos hacen diferentes y los aportes de la neurociencia educacional.  Pero… ¿sabes en qué consiste saber estudiar según la neuroeducación?  Veamos en el próximo artículo un método activo de estudio que utiliza bien las técnicas de aprendizaje, según lo que propone la neuroeducación, para lograr un aprendizaje significativo.

Augusto Pérez-Rosas Cáceres
Diplomado en Neuroeducación, Diplomado en Liderazgo y Diplomado en Dirección Estratégica del Factor Humano. Educador de carrera con mención en Lengua y Literatura, experto en las Estrategias y Tácticas de Aprendizaje. Desde hace 30 años ejerce la docencia en colegios, institutos, universidades y escuelas de postgrado. Es Formador de Formadores, investigador y autor de más de doscientos registros bibliográficos, entre libros, artículos de revistas, ponencias a congresos, papers, guías y material didáctico. Posee el cargo de Director-Fundador del Instituto Desarrollo Intelectual (IDI).

 

 

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